martes, 28 de julio de 2015

Imperium (6)

Prueba irrefutable de que mi voluntad ha sido la informadora de todo el orden cósmico es el hecho de que haya dispuesto todo para aparecer en las circunstancias precisas para estar aquí y ahora. Mirándote. Todo debía confluir hasta este justo momento, que marca un segundo cataclismo generador, un principio de algo que está por llegar y que viene precedido por un manto de vacío con galaxias consteladas en suspensión. O puede que solo sean los focos de este bar, pero al final es efecto es muy parecido. Todo debía organizarse para eliminar las opciones superfluas y determinar las combinaciones únicas de eventos hasta el aquí y el ahora.

Y así, no puedo dejar de resaltar algunos hechos que se han tenido que quedar en la madeja para propiciar el hilo causal adecuado:

(…)

Imperium (5)

Esta noche, por efecto de tu campo gravitatorio, soy un cometa ardiente que gira y gira en la oscuridad. Me consumo en vueltas infinitas, y me voy desgastando en una estela de brasas incandescentes que se dispersa hasta apagarse. De lo que he sido, no queda nada más que un rastro de recuerdo de luz y calor. Me precipito hacia ti en una espiral cerrada, al tiempo que me voy haciendo cada vez más pequeño y frío, anhelando el calor del impacto, la explosión del contacto. Una roca con envoltura de hielo en suspensión que se dirige irremediablemente a un punto no determinado de tu superficie (nadie se ha molestado en hacer los cálculos finos) y que, en su trayectoria, no piensa si sobrevirirá al choque o se pulverizará en una lluvia de arena cósmica, pues el choque es lo que, en ese preciso instante, le da razón y lugar en el equilibrio perfecto del universo.

Si hubieras nacido en otra época, en otro lugar, en una tribu más sabia que nuestros contemporáneos, con chamanes y hechiceros, se habrían referido a ti como aquella que rompe las órbitas, pues ningún objeto puede mantenerse a distancia constante de ti, y todos y todo se ven atraídos por tu fuerza, imposible de definir con fórmulas matemáticas, y más allá de las leyes de la física: una fuerza que requiere de chamanes y hechiceros para ser descrita (pero nunca explicada).

Imperium (4)

Habrás advertido ya que el desempeño de ser la medida de todas las cosas y el ejercicio de ejecutar voluntad pura exigen un proceso que no está exento de generar residuos: es tal la cantidad de fantasía que debe emplearse en –por ejemplo- una tarea tan simple, en apariencia, como crear una galaxia, por muy lejana que queramos colocarla, que al final siempre resulta inevitable que queden girones de materia inservible esparcidos por el espacio. Los has visto y los seguirás viendo, porque aquí toman la forma de excesos gráficos: garabatos de lo que pudo ser, diseños inconclusos, virutas, material de desecho que flota inerte en el espacio de la página, en los márgenes del texto que contiene el plan maestro de la creación, entre los párrafos de lo que debe ser y es, en órbitas constantes sobre las palabras, mis palabras, que definen la existencia. 

Imperium (3)

Hay que dejar constancia, si queremos ser justos (es el caso: aspiramos a la justicia), de que todo esto del universo me resulta, en el fondo y en última instancia, algo bastante inabarcable. Aquí me tengo que fiar de lo que dicen los –supuestos- expertos, y me fio porque tampoco hay nadie que proponga nada que pueda ser más interesante o más divertido y que, por muy descabellado que pareciese, mereciera la pena adoptar como credo. Por tanto, admito que hubo una explosión tremenda que proyectó la materia a chorros que se fueron expandiendo por el espacio y que terminaron por condesarse aquí y allí formando los cuerpos celestes. Lo que había antes de la explosión no me queda claro del todo, pero, en fin, no parece cosa de preocuparse en exceso, porque lo que hubiera antes de todo debía tender a la nada, y mal estaríamos si tuviéramos que preocuparnos por detalles minúsculos: este es un universo sometido a la ley del punto gordo, y basta con que las cosas tengan sentido de manera más o menos general; no es imprescindible que todas las piezas encajen suave y elegantemente: hay espacio para desajustes mínimos. Hablamos a escala cósmica, pero sin renunciar al detalle. Decía, pues, que hubo una explosión, y que la materia (o la energía, que para el caso es lo mismo, o fue lo mismo, o será lo mismo) se fue enfriando desde su estado inicial de incandescencia hasta algo parecido a pedruscos. Pero pedruscos de distintas categorías, calibres y calidades, desde simples asteroides, planetoides y planetas (moles de roca sin otra función que atraerse, repelerse y, de vez en cuando, chocar unos con otros), hasta estrellas ardientes y radiantes, pasando por cometas, flujos de radiación, concentraciones de polvo estelar y otros cuerpos aún por descubrir, que incluyen anomalías de todo tipo y excepciones a las reglas generales: desajustes.

Ahora bien, esta incomprensión sobre los mecanismos más elementales que confluyeron en la génesis de nuestro universo no impide considerar el papel fundamental de mi voluntad en todo el proceso. En primer lugar, porque es evidente que tuvo que existir una voluntad informándolo todo, y que, en esa línea, y prescindiendo de sensiblerías religiosas, tanto da que fuera una inteligencia más o menos etérea y desubicada (no podía venir de otra galaxia, porque aún no había otras galaxias, ni -en puridad- ninguna galaxia) o que fuera una sencilla gota de mi voluntad, una palabra, como unidad mínima del ánimo, que fue desplegándose una y otra vez y expandiéndose hasta encarnarse en la materia. Me gusta más pensar que fue esto último, la palabra, porque me permite perderme en imaginar cuál fue esa primera palabra que hizo nacer la realidad.

(…)

Imperium (2)

Yo soy la medida de todas las cosas, y mi trabajo consiste en ejecutar. Decido, mando y ordeno. Organizo el cosmos con la sabiduría que me ha sido concedida, que puede ser mucha o poca, pero que -en cualquier caso- es lo que tengo para repartir. Hoy he fundido varias galaxias enteras (puede que algún planeta habitado también) en una roca incandescente que he lanzado a dar vueltas por el abismo, sólo por demostrarme que era capaz de algo así (capaz en términos físicos, moralmente debo admitir que actos más reprobables he cometido).

Es un truco sencillo (fundir galaxias en fuegos de artificio) pero, por eso precisamente, eficaz. Como sacar cordilleras del costado de un planeta, plegar su superficie en dientes de roca; como bañar con radiación sistemas solares enteros, abrasando la vida hasta desinfectarlos por completo; como revolucionar una estrella hasta que entra en fase de super-nova y explota dejando un desgarrón en el tejido de la galaxia. O, incluso, cosas más pequeñas, más de detalle: soplar la brisa de una tarde de verano; dirigir bandadas de pájaros por el cielo; establecer el orden de prelación de las olas hacia una playa; o, también, darle formas caprichosas a las nubes: un cocodrilo; una taza; la cara de un familiar; o un pulsar deshilachándose en corrientes de rayos gamma.

Imperium (1)

Yo soy la medida de todas las cosas. Lo bueno, lo malo; lo justo, lo injusto; lo correcto y lo incorrecto. Mi voluntad absoluta es la horma de la realidad. Todo se pliega ante mis actos. Hoy, hasta las nubes hunden su rodilla en la tierra, respetuosas, a mi paso. La existencia se mide e interpreta a partir de un gesto de mi mano. Nada hay si yo no quiero que sea, y es cuanto yo quiero que haya. Nadie puede sustraerse a este principio, y tú menos que nadie. El universo es una mera representación de mis designios y, como tal, se encuentra sometido a la fuerza de mi decisión.

Repetir como un mantra al menos diez veces al día.

Especialmente por las mañanas: cuando amaneces y eres indestructible, inquebrantable, indoblegable, ignífugo, indómito, imbatible, irrompible, e imparable. No importan las heridas que te llevas al sueño la noche anterior, porque el amanecer siempre te otorga su coraza.

Pero, también: en las horas oscuras (que las tienes, aunque sean las menos).